domingo, 4 de septiembre de 2016

El primer día en el que lo vi era lunes, tal vez martes. Llovía. Las nubes negras danzaban sobre mi cabeza augurando protestas. Me encanta correr bajo las gotas, refrescantes y curativas, de la lluvia. Aquel día estaba llorando, al igual que muchos otros dentro de una atormentada vida, y mis propias gotitas saladas se camuflaban. 

Un hombre a lo lejos observaba mi carrera. Sobre un libro, guarecido en la cafetería de la esquina, tan solo levantó la vista y sonrió, me sonrió a mi. Mi vista estaba nublada, apenas logré verle, pero sentí la electricidad paralizar mi cuerpo y me encontré buscando sus ojos. En silencio mi cuerpo caminó hacia él. No quería hablarle, en realidad no tenía ganas ni de gesticular, y aun así mis pasos franquearon la puerta y se dirigieron hacia la mesa de la esquina.

- ¿Qué quieres tomar? - Era rubia. Una de esas modelos que deciden ser camareras, pero simpática. Por un segundo desee ser ella, perfecta y estilizada, dentro de aquella minifalda vaquera y aquel top blanco, pero dejé que mi mente la olvidara rápidamente cuando mis ojos le buscaron a él.

- Un zumo de naranja.

- En seguida. - Realmente era preciosa. No pude evitar fijarme en la forma en la que sus redondeadas caderas mecían aquellas piernas infinitas. Suspiré cansada. Harta de mis cavilaciones dejé que mi cuerpo descansara y cerré los ojos.

- ¿Puedo unirme? - Era una voz tranquila, pero se introdujo en mis terminaciones nerviosas y terminó de adormecerlas. 

Entreabrí los ojos y le observé. Estaba allí parado, con una sonrisa apaciguadora sobre el rostro y pendiente del más mínimo movimiento por mi parte. Esperaba una respuesta, sin embargo no parecía molesto por mi silencio,

- No creo ser una buena compañía.

- ¿Eso es un si? - Se sentó suavemente a mi lado. Su perfume me golpeó la cara y me hizo suspirar. Olía a hombre, aftershafe y vida. Tuve el impulso de inhalar su aroma y disfrutarlo, pero tan solo le sonreí de medio lado. - Me llamo Paul por cierto. - Su mano, firme y antecesora de un brazo fibroso y musculado, se acercó dispuesta a enlazarse con la mía.

- Yo soy Sofía. - Estaba temblando. La ropa empapada, actuó de lastre y me mantuvo en el suelo, mientras mis dedos le aceptaron en una efímera caricia. 

- Encantado de conocerte, Sofía. - Quizás fue la forma en la que susurró mi nombre, tal vez el toque de sus dedos que trazaron dos circunferencias perfectas sobre mi muñeca, pero me sentí caer.

Mi mente ya cansada se preguntó si aquello estaba bien. Besarle fue mi primer impulso, pero mi mente me retuvo en el último momento.

- Gracias.

Incapaz de seguir allí, me levante y me acerqué a él. Sorprendido, dejó que mi mano huyera de su caricia y me miró a los ojos. 

Por un instante quise gritar, guarecerme en unas caricias desconocidas que aplacaran los golpes de mi piel. Relatar mis derrotas y olvidarle después, un confidente desconocido que me mantuviera a flote al menos unas horas, pero después me arrepentiría, me sentiría sucia. 

- Tengo que irme.

- Entiendo. - Era imposible que eso fuera verdad. - ¿Nos vemos aquí mañana? - Tendría que decir que no...

- Claro.

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